Hay algo que no termina de cerrar cuando una ciudad costera empieza a naturalizar que se consiga pescado. No un día, o una semana. Sino de manera persistente. En Puerto Madryn, hoy, la falta de pescado fresco en las pescaderías es moneda corriente.
¿Por qué no hay? ¿Para quién pesca una ciudad que vive de la pesca? Porque cuando no hay langostino entero en ningún mostrador, cuando solo se consigue con cola congelada, el mensaje es claro: ese pescado no está pensado para el mercado local, es todo para exportar.
Pero también pasa con otras especies. El salmón rosado entra y sale según el humor del stock. El atún rojo directamente desaparece. En las heladeras queda lo de siempre: merluza, algo de pez gallo, productos congelados, tubos de calamar, kanikama, y esos armados de empanado de merluza tipo hamburguesa, que sirven más para llenar una heladera a la vista que otra cosa. No es que no haya mar. Es que hay un orden de prioridades.
En Puerto Madryn, los puntos de venta son pocos. Es común en una mesa entre amigos que alguno pregunte dónde compran pescado, cuando sale el tema. Solo esa pregunta ya dice bastante. En una ciudad verdaderamente integrada a su actividad pesquera, esa duda no debería existir. «Hay que comprar en el puerto de Rawson», la respuesta que más sale.
Ese vacío lo terminan llenando, casi a pulmón, los propios pescadores artesanales. Venta directa. Muchas veces informal. A veces casa por casa. Tocan timbres, ofrecen pescado fresco, arman su propio circuito. No es romanticismo. Es mercado. Cuando el sistema formal no responde, aparece otro.
En la industria pesquera argentina existe, en paralelo, una consigna que en principio suena bien: “Los 19 comé pescado”. La repiten todos en el sector, como si fuese un escudo que defender a ultranza. El problema es que el eslogan choca contra la realidad. La industria pesquera funciona con lógica exportadora. Ahí están los dólares. Ahí está la escala. El mercado interno queda reducido a un gesto, no a una política.
Y entonces la paradoja se vuelve incómoda. Puerto Madryn exporta pescado al mundo, pero no logra garantizarlo en su propia mesa. No por falta de recurso. Sino por decisiones, incentivos y prioridades.
No hay intención de construir un hábito de consumo interno, hay ganas de exportar.
Tal vez la pregunta de fondo no sea por qué no hay pescado en las pescaderías. Tal vez sea otra: qué tipo de ciudad pesquera quiere ser Puerto Madryn. Una que mira al mar como vidriera o una que también ofrezca comer sus pescados más frescos.
